sábado, 6 de noviembre de 2010

CAPÍTULO 10: UNA MUERTE POR OTRA

Dejó de respirar… No podía escuchar ni ver lo que ocurría a su alrededor, todo era una masa borrosa de humo negro concentrada en un solo punto. Los pulmones se llenaron de esa niebla ennegrecida que la aislaba del mundo. Por un instante perdió el sentido y cayó al suelo de rodillas hasta que su cuerpo resbaló fundiéndose con la tierra; allí abajo el aire no estaba tan cargado y le era más fácil respirar. Poco a poco el oxígeno le devolvió al cerebro la capacidad de recordar, de pensar, de actuar…

Como si acabasen de inyectarle un chute de adrenalina, Hermione se puso en pie y corrió hacia Malfoy con la varita en mano. Ni siquiera supo cómo lo consiguió, pero en un abrir y cerrar de ojos se hallaba sobre él, golpeándole con fuerza en el pecho, en el rostro, en cualquier punto que estuviese a su alcance. A pesar del dolor que cada golpe le provocaba en los nudillos, no paró ni descansó en su desesperado intento por herir a su contrincante. Cuando el cansancio le impidió seguir con la solitaria pelea, clavó la varita de Nott en el ensangrentado cuello de Draco Malfoy, quien había permanecido completamente inmóvil mientras ella le atacaba. Admitía que le había resultado extraño, no obstante, había preferido no desperdiciar la ocasión cuestionándose preguntas que carecían de respuesta. No pararía hasta ver cómo los claros ojos de su enemigo dejaban de irradiar esa maldad e inhumanidad que tanto los caracterizaba, no pararía hasta saciar su sed de venganza, no pararía hasta eliminar todo rastro de dolor de su cuerpo.

Las lágrimas resbalaron por su rostro precipitándose por el mentón hasta bañar el rostro de Draco, embriagándolo del odio que sentía por él, demostrándole la desesperación y la culpabilidad que ella sentía, demostrándole que no vacilaría a la hora de matarle.

Intentando mantener una calma relativa, retorció la varita entre los dedos. Una ráfaga de ira la inundó al contemplar el rostro impertérrito de su enemigo. Una alarma se activo en su interior. De repente, sin saber cómo ni por qué, tuvo la certeza de que Ginny no estaba muerta. Era como una especie de convicción ciega, como la fe que reaparece tras presenciar un milagro. Algo en los ojos de Malfoy le indicaba la mentira que erradicaba en todo aquello.

—¿Por qué haces esto? —susurró destensando lentamente cada músculo del cuerpo.

Ahora una sonrisa macabra interrumpía la neutralidad de un rostro demasiado dulce y refinado como para ocultar bajo él la apariencia de un cruel asesino.

—Me divierte—por primera vez Hermione contempló la posibilidad de que no quedase ni rastro de humanidad en el hombre que yacía bajo ella—. ¿Ya no vas a matarme?

Su voz era puro veneno, una provocación constante.

—¿Por qué me lo preguntas si ya sabes la respuesta? —respondió poniéndose en pie de un brinco—. ¿Dónde está? Sé que sigue con vida.

La sonrisa de él se amplió a medida que pasaban los segundos. Era como visualizar a la muerte en carne y hueso. Si la muerte existía como ente corpórea, no cabía duda de que ésta sería la idéntica personificación de Draco Malfoy.

Lentamente, el rubio se incorporó apoyando los codos sobre la hierba cenicienta. Aunque les distanciaban un par de metros, Hermione sintió que él la mantenía sujeta evitando que pudiese salir corriendo, y eso era precisamente lo que más deseaba hacer en ese momento. Necesitaba desahogarse, necesitaba correr hasta que su cuerpo quedase exhausto por el esfuerzo, pero no estaba dispuesta a huir. Eso nunca.

—Acércate—le ordenó entornando los ojos.

Por supuesto no se movió del sitio, no porque tuviera miedo de él, sino porque no sabía si sería capaz de controlar el ansia de matar que le corroía por dentro. Incluso teniéndolo tendido a varios palmos de distancia debía hacer un esfuerzo sobrehumano por no lanzarse de nuevo sobre él y aporrearle con todas sus fuerzas.

—Vamos, no voy a matarte—su rostro adquirió siniestralidad a la vez que una intolerable e inimaginable sensualidad. No entendía cómo podía parecerle bello un rostro manchado con la sangre de cientos de personas y, sin embargo, lo era. Simplemente lo era, y nada de lo que él pudiese hacer, ni siquiera el acto más despreciable que fuese capaz de cometer, conseguiría deteriorarlo—. Si quisiera hacerlo, ahora mismo no estaríamos manteniendo ésta conversación.

Hermione cogió profundamente aire al dar el primer paso. Cada pequeño avance suponía una gran rendición. Era como admitir que Malfoy la controlaba, que podía hacer cuanto quisiese con ella, que la tenía a su completa disposición.

—¿Dónde está? —repitió con rudeza una vez se hubo colocado frente a él.

—Acércate más.

Por un instante pensó en dejar de una vez por todas ese estúpido juego e intentar salvarse. Ni siquiera estaba segura de que Ginny siguiese con vida, sólo tenía esa estúpida convicción, sencillamente lo sabía; aunque también era muy posible que una parte de ella se negase a aceptar que su mejor amiga podría haber muerto en la explosión. Todo era demasiado confuso.

En ese punto ya no le importaba lo que Malfoy pudiese hacerle, lo único que deseaba era la verdad. Ya no importaba cual fuese la respuesta, sólo el hecho de que no existiese ni pizca de falsedad en ella.

Sin que él volviese a insistir, la castaña se arrodilló a su lado y lo miró directamente a los ojos esperando una contestación creíble. Apenas los separaban escasos centímetros, pero para entonces ya no le temía. Era extraño que su mirada cargada de misterio no fuese capaz de cohibirla como más de una vez había conseguido, o que su repentina seriedad no le pusiese la piel de gallina, pero así era. Hermione Granger acababa de descubrir el modo de no temer a la muerte, de no temer a Draco Malfoy. El secreto residía en aceptar la muerte de una forma casi enfermiza, teniendo consciencia de que hiciese lo que hiciese no volvería a ver salir el sol, no existiría ningún otro amanecer para ella. Nunca volvería a emborracharse, no encendería una vez más un cigarro, ni le pegaría una calada, no saldría de fiesta con sus amigos, no volvería a empacharse de dulces en plena noche, no se acostaría nunca más con un hombre, ni probaría nuevos platos que se moría por saborear. Saborear…, ya no podría tocar, oler, degustar, hablar, reír, respirar, ver…, no existiría nada más que vacío a partir de entonces y, por muy descabellado que pudiese parecer, no tenía miedo a perder todo aquello a lo que a lo largo de su vida le había encontrado sentido porque en ese instante carecían por completo de él. No es que quisiese morir, es que sabía que no podía hacer nada para remediarlo.

—¿Estoy suficientemente cerca? —cuestionó Hermione con mordacidad.

Algo en la expresión de Malfoy había cambiado. Acababa de descubrir que ella no le temía, que no sentía la más mínima necesidad de implorarle por su vida. Resultaba extraño, y en parte excitante, que alguien no temblase de miedo en su presencia, que no desviase la mirada al observar sus ojos.

Cogiéndola desprevenida, la agarró por el mentón y la obligó a girar el rostro para que la oreja quedase frente a sus labios.

—Antes te he dicho que dejaría la vida de tus amigos en tus manos, pero no veo que te esfuerces demasiado en salvarlos—los ojos de Hermione se abrieron de par en par—. ¿Cuántos crees que morirán ahogados antes de que consigas sacarlos del agua?

Como si un hilo nacido de su ombligo hubiese tirado de ella, emprendió una rauda carrera en dirección a la laguna que años atrás había visitado con sus padres. Recordaba que no estaba lejos del hostal, en dirección noroeste, aunque también recordaba que permanecía oculta entre la maleza del bosque. Le costaría encontrarla. Era imposible que pudiese llegar allí en menos de diez minutos, y para entonces ya no quedaría nadie con vida. Mientras corría sintiendo los latidos del corazón golpearle con violencia el torso, intentó convencerse de que Ginny encontraría una forma de escapar, que no se dejaría vencer con tanta facilidad, que lucharía por despertar y salir a la superficie. Una parte de ella rezaba porque así fuese, otra sabía a ciencia cierta que eso era imposible.

Corrió por propia voluntad hasta que las piernas decidieron avanzar por sí solas. Era como si nada pudiese entrometerse en su camino. No pararía hasta llegar a su destino, no podía parar.

Casi un cuarto de hora más tarde encontró el lago tras atravesar una retahíla de matorrales alineados a su alrededor. Durante una fracción de segundo se paró en seco observando la gruesa capa de hielo que cubría el agua. No, no era hielo, era una capa cristalina que dejaba a la vista lo que desde la distancia parecían simples harapos. Al acercarse contempló con horror que se trataba de los cuerpos inertes de las personas que no había podido salvar. Dejándose caer de rodillas sobre la lisa superficie examinó uno a uno los cuerpos hasta hallar una mata pelirroja rodeada por un brazo amoratado: se trataba de Cathy.

Se permitió llorar tanto como le viniese en gana. Dejó que su cuerpo expulsase todo el dolor que durante años llevaba reprimiendo. Ya no lo soportaba, ya no era capaz de soportar tanto sufrimiento. Acarició el vidrio pasando una y otra vez la mano sobre el plácido rostro de Ginny.

—Lo siento—sollozó, ahogándose con su propio llanto—, lo siento, lo siento, lo siento…

Los ojos le escocían, sentía las fosas nasales taponadas, tenía la boca reseca.

—Nos vamos a casa—asintiendo con lentitud, sonrió como si ella la hubiese escuchado. Al instante volvió a gemir una vez más—, tú y yo, ¿de acuerdo? Vamos a irnos—farfulló arañando la fría cubierta acristalada—. Voy a sacarte de ahí, ¿vale? Y cuando lo haya hecho nos iremos a casa, vamos a volver a casa, ya lo verás.

Era consciente de que la locura empezaba a consumirla, pero hablarle a Ginny la reconfortaba, le hacía olvidar por un instante que ella no podía responder ninguna de sus preguntas, que no podría volver a dedicarle una de sus sonrisas tranquilizadoras, que no volvería a mirarla a los ojos transmitiéndole seguridad.

Buscó a tientas la varita que había guardado en el bolsillo y la colocó sobre la capa que la salvaguardaba del agua y de los cuerpos que yacían en el interior de ésta. De inmediato, tras susurrar unas pocas palabras, el grueso revestimiento se quebró bajo sus piernas lanzándola al interior. Rodeada por una profunda masa de agua tibia, se enredó en los cadáveres que flotaban en la superficie. A su alrededor empezaron a sumergirse los cuerpos que llevaban largo rato muertos mientras el resto se enredaban en su pelo, en su ropa, en sus brazos y en sus piernas, como si quisiesen impedir que pudiese salir con vida de allí, como si quisiesen que compartiese el mismo destino que ellos.

Poco después logró salir del agua junto a una inmóvil Ginny. El aire le azotó el rostro calado haciéndola estremecer. De repente la temperatura había descendido considerablemente.

—Es una lástima que no hayas podido llegar antes—la voz de Draco Malfoy interrumpió el penetrante silencio del bosque—. Te has perdido lo mejor. Tenías que haber visto cómo golpeaban el cristal y se ahogaban unos a otros como si creyesen que el hecho de morir en último lugar les garantizaría la salvación. ¿Cómo han podido llegar a una conclusión parecida? —se mofó con sorna.

—Hijo de puta—masculló Hermione poniéndose de un salto en pie. Sacó la varita y lo apuntó al corazón sintiendo cómo un intenso calor le recorría la piel—. ¡Avada Kedavra!
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